Como todos los días salió temprano de su casa, aquel hombre al que la maldad del destino siempre acompañó; nunca antes supo cómo vivir de otro modo. Joshuat, el tipo de las mil caras, deambulaba por la ciudad sin rumbo determinado, su camisa era la única que no sufría el paso del tiempo; mientras su pantalón esperaba en cada esquina un alma dispuesta a premiar con un centavo, o quizá con dos o tres, el esfuerzo de quien supo ganarse la vida a cuestas.
Cada expresión de su cara encerraba historias que con lágrimas o risas narraba a sus espectadores, cada rasgo marcaba una actitud en su rostro y solo con el pestañar de sus ojos medía el paso del tiempo, la libertad de su mirada se hacía el único aliento para consagrar una anhelada felicidad.
El hombre con centenares de sentimientos vivía en soledad; no usó sus emociones más que para plasmar pesares y desprestigiar al amor. Revelaba sus letras en silencios, lloraba a carcajadas en cada puesta en escena a la que a diario se enfrentaba, y, sobretodo entregaba una cara a cada personaje con el que se topaba.
Las tardes eran pesadas, casi imposibles de cargar al lomo, Joshuat, prefería soñar por las mañanas y llorar en las noches; descansaba los lunes porque estos eran malhumorados, sin color y lloraban al igual que sus pupilas en las noches, nadie sonríe los lunes, todos cargan el invierno a cuestas; nadie nunca lleva una buena expresión entonces ; en cambio, amaba los viernes porque notaba un semblante que irradiaba en la cara de la gente y que se manifestaba en centavos como estocada final.
Los parques los frecuentaba los domingos, siempre disfrutó contemplar la familia que jamás formó; a veces cargaba consigo maíz, a veces las palomas lo engañaban por pan.
Nunca nadie antes en su efímero caminar plasmó el significado de la anhelada felicidad, buscarla era más arbitraria que sentirla, sentirla era más utopía que vivirla y por ende la construcción de sueños se hacían el paso soñado siempre a dar.
Mamá solía decirme que creció con él; yo, empero, solía pensar que mamá era él.
Nunca conocí a mi padre, tal vez ahora tampoco me importe hacerlo, crecí entre mierda y falacias a las que el destino me ofreció, mamá cargaba siempre consigo el maquillaje para esconder mil caras y con el que era incapaz de esconderme una; su beso de buenas noches apuñalaba mis días y su bendición en las mañanas castigaba y juzgaba mis actos vandálicos. Yo no era la santa paloma, eso lo sabe mi primo, sin embargo, nunca deseé ser el sicario del barrio.
Yo lo recuerdo como si fuese ayer, tal vez nunca pase de ese día, tampoco recuerdo quién me dio el puñal, yo solo sentí que debía actuar. Joshuat traía consigo --y a espaldas de si-- dos putas, un trago y mis ansias de engendrar; nunca fue de mi total agrado. Eso lo sabía mamá.
Para mí siempre fue el tipo que alardeaba de su orgullo , no supo ganarse mi admiración porque la dignidad le exigía tenerla al borde de la mía; Thomas, mi primo, es fiel muestra de ello. Él siempre dice que yo actué sin pensar y defiende su inocencia frente a la mía. -- Los primos son la maldición de la conciencia--; pero yo sé que el guarda deseos más “putrefactos” a los míos, válgame verga el adjetivo. Mamá reveló a todo el mundo el secreto familiar menos a mí. Tal vez por temor a que yo ejerciera lo que la naturaleza me obligó a hacer. Fue un lunes como maldición divina, ella regresaba de su clase de inglés. Aquel ser –Joshuat—inherente de su instinto animal, atacó sin piedad. Mamá despertó con pudor y a la vez despreciando la humanidad.
Yo lo supe 20 años después, un mes antes de mi juicio. De haberlo sabido antes habría actuado con placer. La sangre parecía estar aferrada a sus ganas de vivir, el puñal solo entró una vez, o quizá dos o tres, ahora no lo recuerdo y a decir verdad: ¡Me importa un culo!, volvería a matarlo tres veces.
Sé que pude escapar, sin embargo, esperé a que la justicia se apoderara mí. Por desgracia mía o bienestar de mi madre para ese entonces ya era martes. Justificarme era tan difícil como decir la verdad. Yo lo maté, fue lo único que pronuncié.
Mamá llegó cinco horas después, nunca supe quién le avisó, tal vez mi primo, tal vez una de las putas que huyó. Su mirada me impactó, encerraba libertad como la mirada de Joshuat, sin cargos de conciencias, pese a verme tras las rejas emanaba felicidad. Yo entendí que la justicia estuvo siempre entre mis dedos, jamás lamenté lo sucedido.
Acá desencadené el sueño que siempre anhelé, eso también lo sabe mi primo; tal vez él guarde secretos que yo nunca revelaré. Los presos no son como los pintas, yo sé que existen aquellos a los que el cuerpo les pesa. Es irónico pero ahora sé que la cárcel no es el clóset, el cuerpo es peor que la misma prisión.
Algún día saldré de acá, mi primo lo prometió; él siempre habla mierda. Mamá se pinta mil caras y gana un poco más de lo que ganaba el puto de mi padre, eso justifica el abogado. Yo no quiero volver al barrio, allá nadie quiere verme dando puñaladas; yo quiero abrazar la camisa forzada que prometió mi psiquiatra, las pastas de colores que traen los unicornios y los besos en el mar que esperan aquellas sirenas amigas de mamá.
A Joshuat nunca nadie lo lloró, yo tampoco espero hacerlo jamás. Mi primo a veces se acerca a escupir su tumba, mamá libera mi maldad al narrarlo. A veces quiero escapar los lunes; las misas de los mismos me repugnan. El guarda casi siempre se percata y envía a Cindy a aconsejarme y consolarme.
Las rejas nunca son impedimento para Joshuat, ni para los abuelos; mucho menos para Salomé y el Sr. Robespierre. Cindy no lo cree pero siempre está dispuesta a escucharme; a veces mamá llora frente a ella, yo lo entiendo porque quizá ella también quiere que yo esté allá donde las mentes se curan con Ribotril; algo dentro de mí, asegura que yo debo estar en un manicomio antes de enloquecerme en esta cárcel; Cindy también lo sabe, tal vez por eso prometió sacarme el viernes de acá. Y confío en ella porque tiene los ojos grandes como mamá y da de comer a las palomas los domingos en el patio de la prisión. Eso solo lo hacen las almas buenas.
Thomas espera que yo regrese a la cancha donde siempre tirábamos la pelota contra Joshuat, pero él no entiende que yo he madurado y que ahora solo me importa jugar con el unicornio, descifrar el método para soltar la camisa forzada y comer los caramelos coloridos que Cindy me da.
Mamá me visita una vez al mes; tal vez ya tiene más de mil caras que pintarse. Yo conozco la felicidad porque todos los viernes nos premian con un centavo que yo guardo para los lunes y a escondidas de Cindy invierto en dos caramelos más que mis compañeros se resisten a tragar.
Escrito por @HenryOroxco
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