miércoles, 25 de noviembre de 2015

Micro historia:

Daniela ha dicho que se llama, y no es una mártir sino una mujer feliz, aquella para quien el amor es solo eso que sopla por encima de su palma mientras hace un corazón con sus dedos y lo destroza con el humo de su cigarrillo; aquel sentimiento fugaz que tiene tres veces por hora y que escupe mil 'días' por minuto; es una puta...  Puta porque  su vida no le ha brindado la oportunidad de ser alguien más, puta porque su vida es puta diferente a la de "cualquier otro hijueputa"  -- como me lo manifiesta entre su baile exótico y erótico--, puta como ha sabido vivir entre besos, bailes cama y placer.
Puta como aquella mujer hedonista y desinhibida  quien añora un guaro entre su contexto mundano, quien se siente feliz en la noche y maldice sus días. Quien contempla la felicidad como aquella sensación "esfimefa" (sic)  que suya no es.  Ni mía en su compañía, ni de los quienes me acompañan, ni de todos ellos seres nocturnos que la cuestionan en su labor empírica de conocer su mundo, su vida, su infierno o quizá su bienestar: el mismo de quien ella tanto se ufana. 

Daniela tiene dos hijos y a casi diario llora. Llora como cualquier mujer 'de su mundo'  que lucha por sacar sus niños adelante; llora porque sus hijos no tienen padre pero a ella no le ha hecho falta nada para hacerlos feliz: no tiene que mendigarle a ningún hijueputa un billete de 10 mil de 20, o de 50 mil, porque ella con sus acciones se lo sabe ganar más que bien. 

Llora porque su hijo de nueve años le entregó un carton con buenas calificaciones en el que certifica que pasó a cuarto grado con muy buenos resultados y, sobretodo, como ningún otro niño de su curso en otras condiciones de vida muy diferentes  y por supuesto económicas...

Escrito por @HenryOroxco

lunes, 31 de agosto de 2015

Ellos, muchos, los otros.

Ellos, muchos, los otros deambulan por las calles con las miradas perdidas, con ojos noctámbulos, con sus expresiones insípidas, taciturnos, con sus cuerpos inertes, sin alma, sin emociones, sin sentir. 

Ellos, muchos, los otros son entes esclavos del sistema, son máquinas carnales con extensiones digitales, son payasos de la rutina, de la monotonía, de su diario vivir. 

Ellos, muchos, los otros son seres de la noche inmersos en un sueño sin ansias de despertar, son transeúntes solitarios, odiados por la desazón del mundo, por la discriminación y el rechazo del pueblo, sin preocupación alguna del mañana, atrapados en las horas de un reloj, de un día gris, crudo, inodoro, sin sabor. 
Juegan sus cartas sin probabilidades, sin conciencia del azar, vomitan por sus gargantas y se embriagan por las mismas, dan la espalda a toda responsabilidad, husmean sus bolsillos o los de muchos otros como ellos sin anhelos de una economía abundante, son mercenarios del tiempo, vigías al paso de muchos más. 

Ellos, muchos, los otros, son caminantes de paso con suelas gastadas, arquitectos de un cigarro, hijos de una patria boba subordinados al placer de otros, de muchos,  de ellos. Son la democracia de un pueblo anti demócrata, son la respuesta a la realidad, caras dibujadas por los años, marcas del tiempo, dolores plasmados en piel; reflejos de un estado sin equidad. 

Ellos, muchos, los otros; son complemento de la tierra, parte del territorio, son viajeros terrenales con pecho y sin espadas; son amigos de la oposición idealistas de un mañana mejor, de un despertar sin prejuicios, sin cohibiciones, sin juicios sesgados de valor, sin ataduras a su libertad, sin temor a soñar, a volar, a emerger y resarcir del polvo; de su verdadera existencia, de su esencia, de lo que la guerra no les arrebató. 

Ellos, muchos, los otros son espejos de la realidad, revelaciones del miedo, son víctimas de una violencia sin cese de fuego bilateral, supeditados a un gatillo, a un accionar, al frio infame de la muerte, a la represión, a no poder hablar; son entes controlados por el poder, son hijos de la opresión. Son producto de la realidad.


Escrito por, Henry Orozco.


sábado, 28 de febrero de 2015

En memoria de Salomé Robespierre…


Esta casa fue construida en 1950, cuentan las malas lenguas  que quien la habitó durante el mayor tiempo era un hombre recio, de cabello rubio, ojos azules, nariz respingona,  contextura gruesa, y bien dado de su parecer, el señor Robespierre vivía en compañía de Amelí, su esposa, una dulce y encantadora mujer que siempre estaba dispuesta a complacer a su marido en todo lo que a este se le apeteciera. Amelí era una damisela tímida y amorosa, dócil, delicada, sensible, y sobre todo muy entregada a su hogar y a los cuidados de su pequeña hija Salomé, la misma que años más tarde ocasionaría el mayor desagravio por el cual sería recordada, despreciada y temida por la gente de Checoslovaquia. Yo lo sé porque mi abuelo fue amigo de Salomé en su adolescencia, o al menos eso es lo que siempre nos ha hecho creer durante todo este tiempo entre sus crueles y desgarradoras historias con las que mamá me obligó a crecer, dado el caso de su trabajo y de no tener el dinero suficiente para pagar mi jardín. 

El abuelo siempre era muy explícito en sus anécdotas, casi al punto de narrarlas tan cruel y vilmente para que Roberta, mi prima contemporánea a la que le tocó correr mi misma suerte, y yo tembláramos de miedo y así mantenernos cerca de su antigua y desgastada silla mecedora de la que muy pocas veces se levantaba solo con la ayuda de su rústico y viejo bastón, tallado en su cabezal en forma de serpiente, con dos esmeraldas relucientes que formaban sus ojos y un pequeño cascabel de oro al final de su enroscada cola.

Me encantaba la apariencia tenebrosa que tenía su casa; algo similar a la casa del viejo Robespierre, una casa grande, de dos pisos, con una escalera en forma circular que atrevasaba la sala y daban justo a la habitación de mi difunta abuela , Margaret, de la que el viejo prefería no hablar y por la que más de una vez derramó sus frías y amargas lágrimas.
Las tardes en casa del abuelo siempre fueron placenteras pese a que me obligaban a comerme a diario un plato de lentejas que yo detestaba con todo mi ser, a veces sin que la nana que vivía con mi abuelo y ni él se percataran de mis acciones, yo le pasaba a Roberta más de medio plato de lentejas bajo la mesa y ella me entregaba el suyo limpio, sin un pequeño rastro de alimento porque como era tan glotona, lamía el borde del mismo con su lengua casi al punto de dejarlo resplandeciente   y con un brillo que ni el mismo quita grasas le proporcionaría. Roberta era robusta, con unos cachetes rosados, dos colas altas como  de caballo en su peinado y con unos lentes redondos casi iguales al resto de su corpulento cuerpo, la forma en que comía era similar a los cerdos que se ven en la plaza de mercado, cerca  la casa del Sr. Robespierre. Siempre tuve miedo de hacer enojar a Roberta porque estaba casi seguro que si me atacaba me mataría de un solo golpe debido a que su mórbida obesidad le daban un aspecto de elefante capaz de matar a una hormiguita, como yo, sin siquiera sentir la más mínima compasión.  

En Checoslovaquia nunca había ocurrido algo similar a como sucedió una tarde de invierno de 1969, día en que Salomé llegó tensa y estresada a la Universidad, la misma dónde recibió clases de artes dramáticas con mi abuelo y de las que se aferró tanto que llegó al límite de los extremos y como si de una puesta en escena se tratara, decapitó al viejo Robespierre y mantuvo a la bella Amelí claustra y maltratada durante el tiempo en que fue descubierta, e incinerada por los mismos habitantes del pueblo que no sentían más que repudio y desprecio por la hermosa e indolente joven Salomé, la cual había heredado la belleza de su madre.
Salomé era el retrato hablado de satanás hecho mujer, tenía una cabellera larga casi al borde de su cintura, un rostro ovalado y pulido que encajaba perfecto en el espejo ovalado al que acudía todas las mañanas en su habitación, tenía unos ojos color miel y una sonrisa resplandeciente que iluminaba todo rara vez que se marcaba en su rostro. 

Nadie nunca supo el porqué del actuar de la joven Salomé, mi abuelo siempre hace evasivas respecto a su relación íntima con ella, a veces creo que él sabe más de lo que cuenta y sufre más de lo que calla. Checoslovaquia ya nunca más será a como lo fue entonces, cuentan que siempre fue un lugar tranquilo, ameno para vivir, sus calles nunca se turbaron de malos hombres a como los que acabas de ver,  es como si Salomé más allá de ser una leyenda, encerrara con ella la más perversa maldición que jamás un pueblo pudo tener.


Escrito por @HenryOroxco

jueves, 23 de octubre de 2014

Relato de viaje: De paso por el oriente de Antioquia.

Con el fin de conocer la región, varios estudiantes de la Universidad Católica de Oriente del programa de Comunicación Social y Psicología visitaron los municipios de San Francisco, Granada y San Carlos.
La salida académica se realizó el día 03 y 04 de Oct del 2014,  donde estudiantes, docentes y miembros de CET (Centro de estudios territoriales) interactuaron con diferentes actores de los municipios para hacer un trabajo de investigación sobre factores políticos, sociales, económicos, educativos, culturales e históricos. De esta manera se conoció los diferentes procesos que se han llevado a cabo en el Oriente de Antioquia para la recuperación de memorias históricas, el tejido social, la idiosincrasia, recuperación de identidad y reconciliación entre víctimas y victimarios.

Con mochila, cámara, trípode y ukelele…  

Eran las 6:00 am del viernes 03 de Octubre cuando en compañía de algunos docentes y amigos de la UCO me disponía a viajar rumbo a San Pacho, municipio situado en la subregión bosques del Oriente Antioqueño y del que había escuchado hablar mucho por sus múltiples manifestaciones de violencia pero de quien no conocía sino el nombre.  --Este como primer destino--.
El viaje se me hizo largo, quizá por la ansiedad de llegar y empezar nuestra ardua jornada de trabajo; sin embargo, entre charlas, risas y cantos, llegamos. Estábamos montaña adentro.

Paramos justo en las afueras del coliseo de San Pacho donde el docente de la cátedra historia, Edgar Calderón Sanín, en compañía de algunos actores fundamentales del pueblo nos darían las indicaciones respectivas para iniciar el trabajo correspondiente. Ahí mismo desayunamos, hicimos un breve receso después del viaje y tuvimos tiempo hasta de chutar un balón; el mismo que se haría el culpable de mi jocosa desgracia, un enorme hueco en mi pantalón.



Jugar al fútbol nunca ha sido uno de mis fuertes, y cuando no termino con el balón estampado en la cara; mínimamente termino lamentando cosas más vergonzosas como en esta ocasión.

Sin más, los restantes entes primordiales del pueblo no se hicieron esperar, y pocos minutos después del desayuno daríamos inicio a nuestra labor. Edgar nos había asignado unos grupos a determinado número de compañeros donde cada quien se encargaría de investigar entre los diferentes factores del municipio. Mi equipo de trabajo correspondía al factor social, casi todos compañeros de clase en historia y otras tres personas de semestre posterior al nuestro, para así conformar un grupo de nueve estudiantes dispuestos a investigar. Bastó presentarnos, estrechar las manos y conocernos un poco para adoptar la suficiente disposición y responsabilidad que el trabajo exigía.

Cada equipo de trabajo salió del coliseo y se dirigió con su mentor a recorrer el pueblo mientras nosotros esperábamos a Doña Martha (Presidenta de la asociación de víctimas de San Francisco) quien nos contaría un poco acerca del proceso de reconstrucción que el municipio ha tenido, los cambios fructíferos de San Pacho y las vivencias de los sanfrancisquenses en tiempos de postconflicto.

Pocos minutos después de la espera Doña Martha cruzó las puertas del coliseo, muy amablemente cedió ante nuestras propuestas de investigación, nos respondió todas y cada una de las preguntas que le realizamos y como si fuese poco aceptó portar un micrófono y pararse frente a una cámara para que así nosotros pudiéramos quedar con un registro audiovisual para realizar un documental acerca de los procesos de post guerra en los diferentes municipios.

Entre pregunta y pregunta recorrimos gran parte del municipio de San Pacho, hablamos con entes del pueblo, conocimos el monumento de víctimas y una que otra historia de vida desgarradora producto de la violencia impartida hace unos pocos años atrás debido a los grupos insurgentes, Farc, Paramilitares y demás victimarios apoderados de la región.

Doña Martha nos propuso ir a la piscina del pueblo a lo que todos inmediatamente accedimos en vista de que creíamos poder hacer uso de ella y después de soportar un calor infernal que acompañaba el ambiente de aquel municipio del Oriente Antioqueño, donde la violencia dejó más de un rostro triste. Llegamos a la piscina no sin antes conseguir una entrevista de un joven reinsertado de las Farc, --quien ahora trabaja en pro del municipio—y luego de pasar cerca del cementerio, que por cierto según un dato curioso de Doña Martha solo lo abren una vez al mes y con excepción cada vez que hay muerto, pero lastimosamente no tuvimos tiempo para darnos un chapuzón; cada vez se hacía un poco más tarde y nuestro trayecto solo comenzaba acá, pues de San Pacho saldríamos minutos más tarde con destino hacia Granada.

En la piscina hicimos una que otra entrevista, conocimos gente bastante amable (entre ellos el dueño del establecimiento quien nos ofreció estadía en su hotel a un precio sumamente módico después de vendernos unas cuantas cervezas) y luego solo tuvimos tiempo para regresar y despedirnos de Doña Martha, nuestra guía en San Pacho y quien nos brindó la información suficiente para nuestro trabajo de investigación.

Granada, miles de dolores en bitácoras…

Terminada la mañana en San Pacho, nos dispusimos a viajar rumbo a Granada; de nuevo era un trayecto largo y el sol cada vez se hacía más insoportable. La música en compañía de unas cervezas que compramos en un paradero del camino y mi ukelele; hicieron dispersar el calor de nuestras mentes y esta vez de nuevo entre cantos y risas al ritmo de aquel pequeño instrumento de cuerdas, llegamos a Granada; municipio ubicado en la subregión embalses y a su vez conocido como “el corredor” del Oriente Antioqueño; quien durante varios años fue víctima directa de la violencia dejando miles de personas afectadas.

Inmediatamente nos dirigimos hacia “el salón del nunca más” –un salón de víctimas ubicado en uno de los parques de Granada donde se reconstruye las memorias de cada uno de los muertos producto de la violencia--.


 

Entramos al salón y observamos los paredones repletos de rostros mientras escuchábamos detalladamente las historias tan devastadoras a la que se enfrentaron los granadinos  y de las que hoy día solo quedan recuerdos tristes y letras de sus seres queridos plasmados en bitácoras que componen dicho recinto.

Recorrer el salón del nunca más nos hizo apropiarnos más del dolor que comprende esta zona del Oriente Antioqueño y de la que no debemos ser indiferentes, pues desgraciadamente ayer fueron ellos; hoy podríamos ser nosotros. Reflejarme en la fosa simbólica que contiene aquel lugar mientras escudriñaba a manera aleatoria una que otra bitácora en memoria de las víctimas, fue como anclarme a la vida y sentir un profundo vacío dentro de mí mientras inevitablemente derramaba una lágrima.




***

Al salir del salón nos dirigimos hacia el recinto donde pasaríamos la noche, era algo así como una especie de internado diocesano dividido por una reja metálica con un mensaje bastante sugestivo y que por cierto nadie se atrevería a cruzar; ¡peligro voltaje alto! (…) esto para separar a los hombres de las mujeres.
Allí procedimos a descargar nuestro equipaje de viaje, descansar un poco y darnos una ducha mientras salíamos de nuevo a hacer parte de un evento al que fuimos invitados en memoria de las víctimas. La noche de las luces.

Hicimos un recorrido por las calles de Granada con una vela encendida; llegamos a una plazoleta en donde se llevaría a cabo dicho evento y en el que hubo varias manifestaciones artísticas. Entre lecturas, cuentos, poesía y canciones evocamos a las víctimas de violencia e hicimos un grito simbólico para consolidar la paz de nuestro pías.




Luego de pasar una noche bastante agradable en compañía de tanta gente, me dispuse con otros pocos compañeros a buscar un sitio donde comer algo y así dar por terminada una larga y fructífera jornada de trabajo.

Cansados pero con una sonrisa de oreja a oreja por haber logrado nuestro cometido durante el día; quisimos cerrar la noche con broche de oro y nos regalamos dos horas de nosotros mismos para festejar en Granada lo bien que nos había ido hasta ahora.

Sin más, nos dispusimos a regresar al lugar donde nos hospedaríamos debido a que nuestro siguiente destino era San Carlos y por ende debíamos madrugar a las 5:30 am para abordar el viaje.

***

San Carlos, el paraíso del Oriente Antioqueño.

Luego de descansar unas horas los rayos del sol no se hicieron esperar, eran aproximadamente las 6:00 am, hora en la que ya muchos se habrían desprendido de la cobija y entre silbidos, gritos, risas y charlas hicieron que quienes todavía disfrutábamos del abrazo de Morfeo abandonáramos aquel amor idílico y placentero (el sueño) y nos pusiéramos en marcha para enfrentarnos con un duchazo de agua fría  para despertar y adquirir las energías necesarias para continuar el viaje.

Al término del desayuno salimos en busca de los buses que desde el día anterior nos transportaban; abordamos los mismo y emprendimos el largo viaje hacia San Carlos, municipio situado en la subregión embalses del Oriente Antioqueño, conocido por sus riquezas hídricas y sus anhelados balnearios.




Bastó abrir mis ojos para darme cuenta que había perdido la noción del tiempo y despertar en el parque de San Carlos; allí en compañía del consejero juvenil hicimos un recorrido por la plaza del municipio y mediante entrevistas realizadas a este, conocimos un poco acerca del proceso de reconstrucción en el municipio, las memorias históricas, la reconciliación entre víctimas y victimarios, el proceso de las hidroeléctricas, las costumbres e idiosincrasia de los sancarlitanos entre muchos factores más.




Poco tiempo después caminamos hacia el hogar juvenil del municipio, donde nos reuniríamos con el presidente del consejo municipal, el psicólogo encargado de atender todos los procesos de reconstrucción de memorias en el municipio entre otros actores más de igual relevancia para nuestro trabajo de investigación.

La reunión duró cerca de 3 horas y al término de esta aproveché para buscar un charco y darme tan anhelado chapuzón durante mi trayecto recorrido y no irme de tremendo paraíso sin disfrutar de su mayor riqueza.
El tiempo era bastante limitado así que solo pude disfrutar del agua cuestión de 15 minutos, después de eso me dispuse a regresar al hogar juvenil para almorzar un rico sancocho que muy amablemente nos brindaron y luego abordar el bus para dar por terminada una de las que se harían de mis mejores experiencias vividas.










Escrito por, @HenryOroxco


martes, 7 de octubre de 2014

Basta papá; me apestan tus caricias (!)

Basta papá; me apestan tus caricias (!)

Recuerdos que se escriben con sangre,  dolores esculpidos en la piel y marcas que se consagran en el alma…

Estefanía Sierra, una joven a la que el destino le jugó su peor carta y quien siempre ha tratado de escudriñar la baraja, es producto de manos fuertes que engendraron una vida y que sin misericordia alguna destruyeron la misma.

“Él llegaba de trabajar y al ver que la casa estaba sola, me llamaba, me abrazaba, se desvestía frente a mí y al mismo tiempo me quitaba la ropa, sacaba su miembro e intentaba penetrarme”.


Los personajes de la fotografía no son reales; los derechos
de autor de la misma pertenecen exclusivamente a mí, Henry Orozco


Entre llanto y dolor, Estefanía invoca sus más crudos recuerdos, los que hoy día prefiere tener tres metros bajos tierra y aún, por decisión propia, cargar la cruz a cuestas, su propio karma; pues nunca estuvo, ni manifiesta estar dispuesta a denunciar al hombre que le dio la vida y que del mismo modo se encargó de destruirla cuando esta era apenas una indefensa niña.

Han pasado 21 años a su lado, me abruma pensar que quizá el abuso no sea solo desde los 7 años, más o menos desde que tengo uso de razón, sino desde que era una bebé. El solo hecho de pensar que pueda ser así me aterra --aunque de mi niñez antes de los siete años solo conservo buenos recuerdos--.

Yo vivía en San Rafael Antioquia con mi madre, mi padre y mis hermanos, todo era súper bien; mi papá era muy cariñoso conmigo --no solo lo era conmigo; recuerdo que con mi hermano también-- éramos una familia feliz. Él siempre nos consentía mucho. Cuando empezó la violencia en el 2000 – 2001 más o menos nos tuvimos que desplazar a Marinilla y acá fue donde comenzó mi karma, el mismo que se encargó de cambiar mi vida por completo.

Cuando llegamos al pueblo nos alojamos en una casa por el parque infantil del municipio, donde él abusó de mí hasta que cumplí trece años --en ese entonces yo solo tenía siete añitos--.

Entre una mirada de sin sabor y una voz cortada por los malos recuerdos, Estefanía evoca su niñez en Marinilla junto a su más temible pesadilla, su padre; el ogro que se encargó de sembrar desconfianza en ella; desprecio, miedo y aberración por el género masculino.

Yo no podía pasar por donde habían hombres, le tenía mucha rabia a los hombres, mi papá no solo abusó de mí una sola vez sino que lo hacía constantemente: yo pasé de ser una niña feliz a ser una niña tímida, callada, me daba pena pasar por donde hubiesen hombres, no socializaba con los niños, siempre lo hacía con mujeres.

En San Rafael mi papá trabajaba en una empresa de seguridad y mi mamá era ama de casa; mientras que, cuando llegamos a Marinilla, dada la situación que afrontábamos, ambos tuvieron que asumir las riendas del hogar y trabajar para conseguir nuestro sustento. Yo creo que también eso influyó mucho en lo que pasó: debido a que mientras mi mamá trabajaba en el negocio de comidas que desde siempre ha mantenido en la plaza de mercado de aquel municipio del oriente antioqueño, que está justamente a 45 minutos de Medellín; él nos llevaba a la casa y ahí era donde se aprovechaba de la situación.
En primera instancia el negocio lo trabajó él, pero, al poco tiempo después entró a trabajar en la Nacional de Chocolates y luego en Pintuco, razón por la cual no tenía tiempo para hacerse cargo del negocio de comidas rápidas y mi mamá tuvo que responsabilizarse de este.  Él desde entonces ya no lo trabaja más.



Pese a que ha pasado un largo tiempo y Estefanía es una mujer madura, centrada, preocupada por su vida y su bienestar, aún convive con sus familiares, entre esos su padre, el hombre que le dio la vida y que con sus putrefactos actos se encargó de despertar en una princesa el rencor y el odio más grande que jamás un ser pueda desenfrenar.

Para mí vivir con él es un caos, yo prefiero estar siempre por fuera de casa y no tenerlo cerca; me produce fastidio escucharlo, verlo, siento mucha rabia cuando me habla y aún más cuando me alega. Me acuerdo que una vez en una de sus cochinas borracheras, un 24 de diciembre si no estoy mal, mi mamá me llamó a contarme que él la había empujado, yo bajé corriendo de mi casa al parque, justo donde ellos estaban luego de haber salido a saludar a unos amigos, y me enceguecí completamente contra él, me le tiré encima y lo agredí sin compasión, era como si de alguna u otra manera yo sacara de adentro mil cosas y recuerdos que él tenía en deuda conmigo y que por supuesto se las quería hacer pagar a los golpes, nada menos de lo que merecía severo patán. Eso fue hace cerca de 4 años.


Los mejores años de mi vida…

Mi niñez en San Rafael siempre fue muy bonita porque yo tenía a mi mamá siempre conmigo, en ese entonces lo único que ella hacía era atender el hogar debido a que no tenía ningún trabajo. Mi papá también era un hombre entregado al hogar; muy pendiente de nosotros, casi no consumía alcohol, no era agresivo, los tratos siempre fueron muy bien, yo era muy feliz y tenía muchos amigos, académicamente en la escuela me iba muy bien y nunca, ¡nunca, nunca! voy a lograr entender que pasó con él. En San Rafael él ora otra persona totalmente diferente, no sé si allá en realidad pasó algo similar a lo que viví acá en Marinilla durante 6-7 años, pero a decir verdad no tengo malos recuerdos de esa época. Todo era como en los cuentos de hadas, color de rosa. (…)

La primera vez que mi papá abusó de mí, yo vivía por el parque infantil y nos iban a matricular en la escuela azul, ese día estábamos con mucho afán y hasta ahora no me explico porque mi madre permitió que yo entrara al baño con él a bañarnos juntos. En el baño estaba la ducha y al lado el lavadero, ahí fue donde él me subió y me empezó a manosear abusando de mí. Ese día me tocó por todas partes y frotó su pene en mi vagina, el solo recordarlo me repugna –exclama Estefanía mientras hace un extraño sonido de fastidio y rencor al recordar como su propio padre no tuvo compasión  para abusar sexualmente  de ella e intentar la primera violación que semana tras semana se iba a repetir con mayor intensidad--.


“Desde que pasó eso yo cambié por completo, porque obviamente a uno le cambia la vida por completo”

Entré al bachillerato y me empecé a comportar de una manera muy rebelde con mis compañeras, con los profesores, siempre fui muy agresiva y quien me conoce puede dar certeza de que mi temperamento es más bien fuerte  y es debido a todo eso.
Cuando estaba en octavo  yo empecé a salir con un niño, de hecho era lo más normal para una mujer de mi edad, sin embargo él –mi padre—se enteró y no le gustó para nada, apenas se dio cuenta me llevó para la casa y me empezó a pegar, cogió el cable del equipo de sonido y empezó a pegarme sin compasión, incluso hasta la ropa se me rasgó, ese día tenía un pantalonsito de esos como de dril, la telita era más bien delgada, incluso me acuerdo del color: era beige y me lo rasgó y yo quedé vuelta nada.

Al colegio siempre acudía con el uniforme de educación física que era una sudadera y no con el de gala que era una falda, debido a esto me empezaron a llamar la atención hasta que a mi me dio rabia porque no iban más allá y siempre me rebajaban y me rebajaban sin si quiera preguntar e indagar qué había más allá de mis actos; porque no trascendían de lo superficial y eso me parecía muy inhumano, así que un día ya no aguanté más y estallé; me bajé la sudadera y les mostré mis cicatrices –las mismas que mi papá me había ocasionado a golpes y que me impedían portar mi uniforme de gala que era una falda donde quedarían al descubierto mis piernas cicatrizadas--.

La primera persona que se enteró del abuso fue una profesora…

Cecilia cruz, fue a la primera persona que decidí contarle lo que pasaba con mi monstruoso padre. Ella era un ser muy bello, siempre estuvo dispuesta a escucharme, aconsejarme y ayudarme a superar esta cruda etapa de mi vida.
Todo empezó desde el colegio cuando iniciaron el proceso de investigación sobre mis cicatrices. Ella se supo ganar mi confianza para así en realidad, yo decirle que era lo que me pasaba. Me sugirió denunciarlo, yo se lo conté a los trece años y verdaderamente hoy día considero que fue un alivio para mí porque hasta ese momento dejó de pasar; mi papá abusó sexualmente de mí desde los siete años hasta los trece años,  porque allá en el colegio me empezaron a sugerir que fuera a denunciarlo e incluso estuvimos en el proceso de investigación donde me dejaron muy claro que era lo que podría pasar si yo me atrevía a denunciar y pues también que mi madre corría riesgos por ser una de las personas directamente implicadas en esto. Eso era lo que yo menos quería, ver afectada a mi mamá, por eso decidí tragarme mi pesadilla y no denunciar, mi mamá era una heroína para mí; ella misma dentro de sus problemas y con su verraquera era quien se encargaba de llevarnos el pan de cada día al hogar.

El rechazo de mi heroína…

Otro de los consejos de Cecilia Cruz, fue que me animara a hablar con mi madre, yo pensé muy bien la situación y efectivamente quise poner en marcha su consejo. Recuerdo que para esos días estaba reciente la golpiza de mi padre por enterarse de ‘mi supuesto primer amor’; así que mi mamá no me creyó absolutamente nada de lo que le dije y lo que hiso fue afirmar que yo estaba diciendo todo eso porque tenía rabia con él por la golpiza que me había dado; lo cual para mi fue como una puñalada trasera, un valdado de agua fría; si antes no podía explicarme como mi papá había cambiado tanto para mal hacia mí y hacia mi familia; ahora no me cabía en la cabeza que mi propia mamá se negara a creerme y contrario a eso creyera que todo lo que yo le decía era absolutamente falso y producto de mi rabia adolescente.

Yo no me explicaba como una madre puede ser tan irracional y no escuchar a su hija, al mismo tiempo que pensaba:- “Dios mío es que donde a mi hija le hagan eso, yo mato y como del muerto –mejor dicho--.”

Mi papá esperaba a que mi mamá saliera a trabajar a eso de las 4 o 5 de la tarde y que se llevara a mis hermanos para aprovecharse de mí.

A veces mis hermanos estaban en casa dormidos y él abusaba sexualmente de mí, en otras ocasiones yo llegaba de estudiar y la casa estaba sola hasta que él llegaba y empezaba a llamarme, yo sentía mucho miedo e impotencia porque sabía que si me rehusaba a hacer lo que él quería podía golpearme y quien sabe que más podría hacerme.
Cuando dejó de pasar todo esto yo realmente sentí mucho miedo porque mi mamá pese a que no me creyó si decidió enfrentarlo y preguntarle a lo que él se negó rotundamente; recuerdo que un día mi papá llegó muy ofuscado a la casa, ebrio  y empezó a gritarme y a reclamarme que yo porque estaba diciendo todo eso; a mi en realidad me daba mucho miedo porque él era una persona que bebía mucho licor y que siempre que lo hacía se volvía un tipo agresivo, le pegaba a mi mamá e intentaba acabar con todos los enceres de la casa. Muchas veces me tocó llamar a la policía en la madrugada para que se lo llevaran a un calabozo porque sino este señor nos mataba a mis hermanos, a mi madre y a mí.







Él siempre abusaba de mi en sano juicio, yo sé que siempre fue muy consciente de sus cochinos actos, incluso cuando se percató de mi periodo menstrual –a los 12 años-- empezó a usar preservativos y si en unas de sus violaciones contra mí integridad física y moral no traía consigo un preservativo; prefería masturbarse tocando mi cuerpo, rosando su miembro en mí, viéndome llorar y aborrecerlo con el alma. Cuando terminaba su acto sexual, me limpiaba el semen que había derramado sobre mí y se iba.







Yo, debido a que era una niña de tan solo siete años cuando empezó todo este martirio, me sentía muy rara y en ese entonces no había desenfrenado el resentimiento que hoy poseo hacia él; yo lo seguía viendo como mi papá y para mí en primera instancia fue algo muy normal porque en ese entonces no se hablaba tanto del tema como se habla ahora, o al menos en mi familia no llegó a tocarse semejante tema. Por la falta de información yo lo veía todo muy normal, incluso a mi me mandaban a una carnicería a comprar carne y el señor carnicero me tocaba los senos, me manoseaba. Es solo ahora cuando soy mas consciente de que lo que sucedía en ese entonces no estaba bien y no comprendo yo porque permitía esos abusos contra mí.

Yo era una indefensa y confusa niña y pagué el precio más caro por falta de información.

Para ese entonces, yo pensaba que todo era normal, si mi papá me lo hacía que era mi papá y todo lo que él hacia era bueno; nada de malo había en que el señor carnicero me lo hiciera.
Hoy en día pienso en todo lo que generó esto en mí, fácilmente hasta pudo abusar de mí cualquier otra persona.

Papá, me apestan tus caricias…

Él llegaba y empezaba a abrazarme pero la mayoría de las veces yo ya sabía que me esperaba, cuando el estaba ahí, cuando el me empezaba a tocar y, sobretodo, cuando me bajaba los calzones.
Yo sentía demasiado miedo tanto por lo que me hacía como por el hecho de que llegara mi mamá; porque mi mamá si era más temperamental que él cuando de castigarnos se trataba, incluso él –mi papá-- me decía que no le contara a mi mamá porque ella me pegaba, que yo sabía como era.  Así me manipulaba.

Estefanía Sierra, ha sido una mujer golpeada por el destino de la peor manera; empero, hoy en día pese a que no cuenta con el apoyo ni el amor de sus padres –tal cual lo expresa ella misma mientras derrama una lagrima por sus mejillas—es una mujer valiente, luchadora, emprendedora, dedicada al estudio, al trabajo y a su novio. Una mujer que quiere y lucha por salir adelante y que carga con una cruz a cuestas que no le desea ni a su peor enemigo, ahora es docente de primaria, dicta talleres en escuelas de diferentes veredas del oriente antioqueño; estudia en la Universidad Católica de Oriente  Licenciatura en lenguas extranjeras y trata de brindar confianza, amor y seguridad a sus niños  (aprendices) con los que por lo menos se ve dos o tres veces a la semana.

Yo siento que desde que le conté a mi mamá lo que sucedía conmigo fue como darle motivos para que dejara de quererme, esto si es realmente duro para mí, ella casi siempre me trata con desprecio e incluso en varias oportunidades me ha echado de la casa. Yo sé que lo que mi papá me hacía no es mi culpa, nunca lo ha sido, es más, yo nunca le di motivos para que lo hiciera. Ese señor no es más que un enfermo sexual.

Ahora tengo 21 años, vivo en Marinilla, hace poco me gradué como Normalista (profesora de primaria) –cosa que realmente me apasiona--.  Nunca pensé ser docente; entré a estudiar allá como por no dejar de hacer algo y poco a poco me enamoré de mi carrera; disfruto mucho trabajar con niños y brindarles el apoyo que muchos de ellos tanto necesitan, porque yo sé que algunos niños pasan por la  misma situación mía (realmente me ha tocado darme cuenta de ello) y entonces es algo muy bonito ese proceso de confrontación con lo mío y lo de ellos y de igual manera el apoyo y la ayuda que yo les pueda ofrecer; así mismo como me ayudó a mí Cecilia –la profesora—porque de no haber sido por ella no sé donde estaría yo y hasta que punto hubiese permitido más el abuso. Fue por ella que yo decidí hablar y gracias a eso paró todo.

Muchas veces cuando yo estaba dormida sentía que me tocaban y cuando abría los ojos él estaba ahí; yo lo miraba con desprecio, ira y con odio pese a que no era capaz de decirle nada. Desde que yo decidí contar todo el no volvió a abusar de mí; yo sé que es por miedo, después de que mi mamá lo enfrentó él paró su abuso. Ahora yo no permanezco en casa, él llega a las 5:30 o seis de la mañana a la casa, casi nunca cruzamos palabras; yo trabajo y así he logrado sobrellevar mis gastos, simultáneamente estoy cursando primer semestre de Licenciatura en lenguas extranjeras en la UCO. 

Creo que la primera violación completa hacia mí la cometió cuando yo tenía 9 años o 10 ya que inicialmente –desde los 7 años— intentó penetrarme pero mi cuerpo era muy diferente, era de una niña, yo lloraba mucho. Ya con el tiempo empezó a abusar de mí completamente.

Antes era todo por encima, luego él llegaba me manoseaba todo el cuerpo, me quitaba la ropa y se bajaba los pantalones e intentaba penetrarme; yo derramaba muchas lagrimas no tanto por el dolor sino porque ya era consciente de lo que él me hacía y me sentía impotente ante la situación. Él me sobaba la cabeza como demostrando lástima ante mí y no paraba hasta eyacular, luego me limpiaba, se vestía y se iba. Casi siempre lo hacía en cuestión de 10 minutos y en repetidas ocasiones cuando mi mamá no estaba en casa y el sabía que yo estaba sola.

Después de los 11 años más o menos yo dejé de llorar, ahora solo aumentaba cada día más mi rencor hacia a él --cada vez que abusaba de mí--; nunca más lo volví a llamar papá. No podía ser mi padre un hombre capaz de agarrarme a la fuerza, tirarme en una cama y abusar sexualmente de mí. Ese tipo solo merece estar muerto; no merece ni el perdón de Dios.

Yo siempre he sido muy fría con los hombres, cuando empecé la relación con mi novio me sentía muy extraña mientras el me abrazaba; recuerdo que una vez en medio de un juego me dio un beso en la cama agarrando un poco fuerte mis manos –sin más intenciones a una posible muestra de afecto—y yo empecé a gritar como loca, alegarle y a insultarlo porque me removió el pasado. Él no entendía nada hasta que decidí contarle; ahora, entiende mi reacción con mi padre y siente desprecio por él.

Santiago, mi novio, igual que muchas personas que ahora lo saben me ha sugerido denunciarlo porque considera que aún estoy a tiempo de hacerlo y cree que no es tarde para hacerle pagar todo lo malo que recibí de él.
También porque poseo una hermanita menor que fácilmente podría afrontar la misma situación a la que estuve expuesta por tantos años; pero yo siempre he estado muy pendiente de ella. Le expliqué como era nuestro padre y nunca la dejo sola en casa ni mucho menos con él; cuando mi mamá no está y yo debo salir la dejo en casa de una vecina, mi hermanita nunca pone resistencia porque ella ya sabe lo que me pasó a mí; yo siempre le he explicado todo.

Hoy en día cargo una cruz que siempre va a pesar igual pero que cada día sé sobrellevar con más valentía; aún hay gente que le parece increíble mi situación en vista de que creen conocerme un poco y ven que ahora soy una mujer carismática, dedicada a mi estudio y mi trabajo y que gracias a Dios no poseo ningún vicio que mínimamente era lo que esperaba de mí. Aunque no tengo el apoyo de mi mamá ni de mi familia siempre he tratado de salir sola adelante; yo sé que es muy duro y más aún cuando de celebrar un logro se trata, pues no tengo unos padres a quienes pueda o desearía hacer sentir orgullosos. Ahora estoy buscando alternativas para hacer una vida independiente y tratar de ser feliz sin la presencia de mi familia; lo único que me ata a quedarme en casa es mi hermanita, de resto nadie más.
Espero que mi historia de vida al menos sirva para que más niños o niñas  como yo no sean o sigan siendo abusadas sexualmente por ningún patán ni mucho menos por un sujeto miembro de su familia. Me gustaría poder ayudar a mucha gente que desgraciadamente afrontó mi situación y tratar de luchar para que no se siga repitiendo la misma historia en cuanta criatura indefensa pueda existir en este mundo lleno de violencia y maldad.



Los nombres de los personajes son ficticios con el fin de proteger la identidad de la protagonista de la historia; también los sujetos de las fotografías son modelos que sirvieron para representar una posible realidad. El material acá entregado es de mi total y plena autoría y autorizo su publicación siempre y cuando se respeten mis derechos de autor.




Escrito por  @HenryOroxco