Recuerdo que
desde niño amaba escuchar todo tipo de historias, desde las que me contaban en
casa mis abuelos y mis tíos y mi madre… Como las que encerraban los
libros viejos, cansados, deteriorados --con manchas amarillas— e incluso
algunos malolientes y rasgados, no con mayor ficción a los cuentos familiares.
A veces mamá
hacía convertir su habitación en un recinto mágico donde yo en compañía de mi
hermana y dos primas, sobre la cama y bajo las mantas, viajábamos en el tiempo
a través de los portales en los que se transformaban las paredes; el piso
bailaba, el techo soplaba y las cobijas literalmente abrazaban nuestros miedos desatando
así los más fervientes temores en nuestra niñez.
Mamá solía meter
terror a sus historias que siempre iban acompañadas de jóvenes desobedientes y
familias humildes en donde la tierra se abría para tragárselos, por sus malas
acciones o mínimamente se les aparecía el señor de las tinieblas. Empero, pese a estar al punto de orinarnos del
miedo y desarrollar algo así como “delirios de persecución zombie”, deseábamos llegar
al final de la historia y recrear con morbo el momento exacto en el que el hombre
de color rojo, ardiente, con inmensas garras, cuernos y cola puntiaguda,
cubierto en llamas salía de su inframundo para adentrarse en las historias de
mi madre y junto con ella persuadir nuestro subconsciente, para que jamás –o
por lo menos un buen número de días—no volviéramos a desobedecer.
Ese insólito
túnel de desgarradoras historias es la boca que cada vez pronunciaba con mayor firmeza
el acto vil de la desobediencia y sus consecuencias, pero, pese a la aterradora
atmosfera ese sabor agridulce cada vez se volvía más interesante, pues ella era
nuestro puente al pasado.
Escuchar
historias se iba haciendo cada vez mejor, era algo así como ‘leer con
las orejas’, y, pues dados mis malos hábitos de lectura y mi poca habilidad de
concentración al estar frente a un libro, disfrutaba más de leer con mis orejas
que de hacerlo con los ojos.
Mi vida siempre
ha estado sujeta a historias, es más, las historias conforman mi vida, y desde
que tengo uso de razón hasta el contar de mis días, cada anécdota se hace el
pilar necesario para continuar y sobrevivir en el proceso de ser feliz.
Son los
recuerdos el motor de una vida esperanzada en un final feliz, la estadía
terrenal de un ser humano toma más sentido cuando se tiene algo vivido que
contar, una historia enriquece el alma, dibuja una sonrisa, saca una lagrima y
entrega bienestar a quien carga con ella.
No solo con los ojos se lee; con el alma se escucha, con el silencio se grita
y con las palabras se apuñala; así como
amar tanto a una persona puede llegar a generar el más cruel, devastador y vil
sentimiento que un ser humano pueda desatar (!).
Hay quienes preferimos leer con las orejas,
abrazar con los ojos, llorar con sonrisas y besar con letras. Otros, solo viven
de su hermosa cotidianidad (!)
Escrito por @HenryOroxco

No hay comentarios.:
Publicar un comentario