martes, 30 de septiembre de 2014

Yo leo con las orejas



Recuerdo que desde niño amaba escuchar todo tipo de historias, desde las que me contaban en casa mis abuelos y  mis tíos y  mi madre… Como las que encerraban los libros viejos, cansados, deteriorados --con manchas amarillas— e incluso algunos malolientes y rasgados, no con mayor ficción a los cuentos familiares.
A veces mamá hacía convertir su habitación en un recinto mágico donde yo en compañía de mi hermana y dos primas, sobre la cama y bajo las mantas, viajábamos en el tiempo a través de los portales en los que se transformaban las paredes; el piso bailaba, el techo soplaba y las cobijas literalmente abrazaban nuestros miedos desatando así los más fervientes temores en nuestra niñez.
Mamá solía meter terror a sus historias que siempre iban acompañadas de jóvenes desobedientes y familias humildes en donde la tierra se abría para tragárselos, por sus malas acciones o mínimamente se les aparecía el señor de las tinieblas.  Empero, pese a estar al punto de orinarnos del miedo y desarrollar algo así como “delirios de persecución zombie”, deseábamos llegar al final de la historia y recrear con morbo el momento exacto en el que el hombre de color rojo, ardiente, con inmensas garras, cuernos y cola puntiaguda, cubierto en llamas salía de su inframundo para adentrarse en las historias de mi madre y junto con ella persuadir nuestro subconsciente, para que jamás –o por lo menos un buen número de días—no volviéramos a desobedecer.
Ese insólito túnel de desgarradoras historias es la boca que cada vez pronunciaba con mayor firmeza el acto vil de la desobediencia y sus consecuencias, pero, pese a la aterradora atmosfera ese sabor agridulce cada vez se volvía más interesante, pues ella era nuestro puente al pasado.

Escuchar historias se iba haciendo cada vez mejor, era algo así como leer con las orejas’, y, pues dados mis malos hábitos de lectura y mi poca habilidad de concentración al estar frente a un libro, disfrutaba más de leer con mis orejas que de hacerlo con los ojos.
Mi vida siempre ha estado sujeta a historias, es más, las historias conforman mi vida, y desde que tengo uso de razón hasta el contar de mis días, cada anécdota se hace el pilar necesario para continuar y sobrevivir en el proceso de ser feliz.
Son los recuerdos el motor de una vida esperanzada en un final feliz, la estadía terrenal de un ser humano toma más sentido cuando se tiene algo vivido que contar, una historia enriquece el alma, dibuja una sonrisa, saca una lagrima y entrega  bienestar a quien carga con ella. No solo con los ojos se lee; con el alma se escucha, con el silencio se grita y  con las palabras se apuñala; así como amar tanto a una persona puede llegar a generar el más cruel, devastador y vil sentimiento que un ser humano pueda desatar (!).

Hay  quienes preferimos leer con las orejas, abrazar con los ojos, llorar con sonrisas y besar con letras. Otros, solo viven de su hermosa cotidianidad (!)


Escrito por @HenryOroxco

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