sábado, 28 de febrero de 2015

En memoria de Salomé Robespierre…


Esta casa fue construida en 1950, cuentan las malas lenguas  que quien la habitó durante el mayor tiempo era un hombre recio, de cabello rubio, ojos azules, nariz respingona,  contextura gruesa, y bien dado de su parecer, el señor Robespierre vivía en compañía de Amelí, su esposa, una dulce y encantadora mujer que siempre estaba dispuesta a complacer a su marido en todo lo que a este se le apeteciera. Amelí era una damisela tímida y amorosa, dócil, delicada, sensible, y sobre todo muy entregada a su hogar y a los cuidados de su pequeña hija Salomé, la misma que años más tarde ocasionaría el mayor desagravio por el cual sería recordada, despreciada y temida por la gente de Checoslovaquia. Yo lo sé porque mi abuelo fue amigo de Salomé en su adolescencia, o al menos eso es lo que siempre nos ha hecho creer durante todo este tiempo entre sus crueles y desgarradoras historias con las que mamá me obligó a crecer, dado el caso de su trabajo y de no tener el dinero suficiente para pagar mi jardín. 

El abuelo siempre era muy explícito en sus anécdotas, casi al punto de narrarlas tan cruel y vilmente para que Roberta, mi prima contemporánea a la que le tocó correr mi misma suerte, y yo tembláramos de miedo y así mantenernos cerca de su antigua y desgastada silla mecedora de la que muy pocas veces se levantaba solo con la ayuda de su rústico y viejo bastón, tallado en su cabezal en forma de serpiente, con dos esmeraldas relucientes que formaban sus ojos y un pequeño cascabel de oro al final de su enroscada cola.

Me encantaba la apariencia tenebrosa que tenía su casa; algo similar a la casa del viejo Robespierre, una casa grande, de dos pisos, con una escalera en forma circular que atrevasaba la sala y daban justo a la habitación de mi difunta abuela , Margaret, de la que el viejo prefería no hablar y por la que más de una vez derramó sus frías y amargas lágrimas.
Las tardes en casa del abuelo siempre fueron placenteras pese a que me obligaban a comerme a diario un plato de lentejas que yo detestaba con todo mi ser, a veces sin que la nana que vivía con mi abuelo y ni él se percataran de mis acciones, yo le pasaba a Roberta más de medio plato de lentejas bajo la mesa y ella me entregaba el suyo limpio, sin un pequeño rastro de alimento porque como era tan glotona, lamía el borde del mismo con su lengua casi al punto de dejarlo resplandeciente   y con un brillo que ni el mismo quita grasas le proporcionaría. Roberta era robusta, con unos cachetes rosados, dos colas altas como  de caballo en su peinado y con unos lentes redondos casi iguales al resto de su corpulento cuerpo, la forma en que comía era similar a los cerdos que se ven en la plaza de mercado, cerca  la casa del Sr. Robespierre. Siempre tuve miedo de hacer enojar a Roberta porque estaba casi seguro que si me atacaba me mataría de un solo golpe debido a que su mórbida obesidad le daban un aspecto de elefante capaz de matar a una hormiguita, como yo, sin siquiera sentir la más mínima compasión.  

En Checoslovaquia nunca había ocurrido algo similar a como sucedió una tarde de invierno de 1969, día en que Salomé llegó tensa y estresada a la Universidad, la misma dónde recibió clases de artes dramáticas con mi abuelo y de las que se aferró tanto que llegó al límite de los extremos y como si de una puesta en escena se tratara, decapitó al viejo Robespierre y mantuvo a la bella Amelí claustra y maltratada durante el tiempo en que fue descubierta, e incinerada por los mismos habitantes del pueblo que no sentían más que repudio y desprecio por la hermosa e indolente joven Salomé, la cual había heredado la belleza de su madre.
Salomé era el retrato hablado de satanás hecho mujer, tenía una cabellera larga casi al borde de su cintura, un rostro ovalado y pulido que encajaba perfecto en el espejo ovalado al que acudía todas las mañanas en su habitación, tenía unos ojos color miel y una sonrisa resplandeciente que iluminaba todo rara vez que se marcaba en su rostro. 

Nadie nunca supo el porqué del actuar de la joven Salomé, mi abuelo siempre hace evasivas respecto a su relación íntima con ella, a veces creo que él sabe más de lo que cuenta y sufre más de lo que calla. Checoslovaquia ya nunca más será a como lo fue entonces, cuentan que siempre fue un lugar tranquilo, ameno para vivir, sus calles nunca se turbaron de malos hombres a como los que acabas de ver,  es como si Salomé más allá de ser una leyenda, encerrara con ella la más perversa maldición que jamás un pueblo pudo tener.


Escrito por @HenryOroxco

No hay comentarios.:

Publicar un comentario