Daniela ha dicho que se llama, y no es una mártir sino una mujer feliz, aquella para quien el amor es solo eso que sopla por encima de su palma mientras hace un corazón con sus dedos y lo destroza con el humo de su cigarrillo; aquel sentimiento fugaz que tiene tres veces por hora y que escupe mil 'días' por minuto; es una puta... Puta porque su vida no le ha brindado la oportunidad de ser alguien más, puta porque su vida es puta diferente a la de "cualquier otro hijueputa" -- como me lo manifiesta entre su baile exótico y erótico--, puta como ha sabido vivir entre besos, bailes cama y placer.
Puta como aquella mujer hedonista y desinhibida quien añora un guaro entre su contexto mundano, quien se siente feliz en la noche y maldice sus días. Quien contempla la felicidad como aquella sensación "esfimefa" (sic) que suya no es. Ni mía en su compañía, ni de los quienes me acompañan, ni de todos ellos seres nocturnos que la cuestionan en su labor empírica de conocer su mundo, su vida, su infierno o quizá su bienestar: el mismo de quien ella tanto se ufana.
Daniela tiene dos hijos y a casi diario llora. Llora como cualquier mujer 'de su mundo' que lucha por sacar sus niños adelante; llora porque sus hijos no tienen padre pero a ella no le ha hecho falta nada para hacerlos feliz: no tiene que mendigarle a ningún hijueputa un billete de 10 mil de 20, o de 50 mil, porque ella con sus acciones se lo sabe ganar más que bien.
Llora porque su hijo de nueve años le entregó un carton con buenas calificaciones en el que certifica que pasó a cuarto grado con muy buenos resultados y, sobretodo, como ningún otro niño de su curso en otras condiciones de vida muy diferentes y por supuesto económicas...
Escrito por @HenryOroxco
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